El relato de este momento / Luisa Pardo

(proyectado en pantalla)

Todavía no puedo hablar.
Estoy muy triste.
Indignada.
Herida.
No puedo hablar de Lagartijas Tiradas al Sol o de las representaciones contra el poder sin
antes decir que estoy de luto.
Nos están matando de a poco.
¿Tomamos un momento para hacer una lista de agravios, de muertes?

(de mi propia voz)

En el siglo XXI:
Lagartijas Tiradas al Sol surge como respuesta a un teatro del siglo XX que, según nuestro
punto de vista, estaba dejando de hablar con el poco público que quedaba en los teatros de
la Ciudad de México. Un teatro jerárquico, académico, institucionalizado, donde antes que
otra cosa estaban los roles y los egos, los maestros de actitud soberbia e impositiva,
maestros que dirigían, escribían, adaptaban textos o producían puestas en escena regidos
por formas totalitarias, incuestionables.
Entonces decidimos investigar quiénes éramos frente al público, sobre los escenarios y
cuáles eran nuestras materias primas para la creación. Antes que otra cosa, buscamos,
como actores, ser responsables de los discursos que presentamos, responsables de lo que
decimos, de los discursos por los cuales damos la cara y ponemos el cuerpo. Ser ciudadanos
y personas que hacen teatro. Porque nacimos en un país en crisis constante, lleno de
promesas rotas, de principios traicionados, de leyes grandiosas imposibles de cumplir, por la
negligencia, por la desidia, por la corrupción, por la excusa que sea.
Ahora, para nosotros, lo importante es que el teatro se vuelve la herramienta para generar un
relato alterno, para reconstruir historias, para poner en perspectiva la memoria personal y la
colectiva.

Nuestra identidad no es más que el relato que hacemos de
nosotros mismos.
Janer Manila

¿Qué pasa con los humanos cuando se quedan sin sus historias, cuando dejan de
relatárselas, cuando delegan esa responsabilidad, ese juego, a los otros, a las súper
estructuras, a los medios masivos de comunicación, a los políticos, al rey de España, a la
coca-cola, a la inmediatez?
¿Qué nos pasa como individuos, como familia, como colectivo? ¿Qué es una comunidad
bajo esas condiciones de abandono del relato? ¿Quiénes somos nosotros, quiénes son los
otros, quién soy yo? ¿Cómo y desde dónde nos encontramos, nos hablamos? ¿Qué cosas
compartimos, desde dónde creamos comunidad? ¿Comunidad? ¿qué es eso?

El relato de mi siglo XX:
Una parte de mi infancia fue especialmente triste. Los adultos tiraban los platos al suelo
cuando se enojaban, y los rompían. Se peleaban en la calle, en el coche, en las oficinas de
gobierno, en las carreteras, en la madrugada. A veces se pegaban entre ellos, se gritaban.
Se casaban y se eran infieles, se lastimaban, a sabiendas, a veces con coraje y rencor.
Consumían drogas, a veces fuertes, a veces suaves. Y crecí odiando la violencia, sin saber
cómo controlarla. Los adultos a mi alrededor hablaban por mí, decidían por mí, querían
pensar por mí, pero me mantenían cautiva en un contexto hostil. Estaba en una especie de
secuestro humanitario, pro infancia, a expensas de adultos que sufrían sus propios dramas y
eran incapaces de generar empatía o canales de comunicación claros, asertivos, flexibles,
coherentes, conmigo. No generábamos relatos juntos, no nos entendíamos al hablar. Exigían
pero no cumplían. Hablaban del bien, pero rompían sus propias reglas, en mis narices,
impunemente. Como los políticos. Convirtiéndome así en una especie de niña esquizofrénica
que tenía que lidiar con teorías hermosas sobre una vida que cada día se hacía más
horrible. Diría Ilan Semo: las posibilidades imposibles. Mi mayor infelicidad era no entender
cuándo se aplicaban las reglas y para quién, no ver claro, no saber. Y, de alguna manera, no
poder participar en la generación de esas reglas.

¿Será la vida el proceso para curarse de la niñez?
¿Será que los ciudadanos mexicanos somos tan irresponsables porque crecimos siendo
niños sin voz?

Lo puedo resumir así: vivir en una casa enorme sin poder subir a la azotea.
Y, ahora lo veo, dentro del espectro de una sociedad como la nuestra, de niña fui afortunada.

La maldad:
No es que no crea en la maldad. Lo que creo es que la maldad no germina en el vacío, sino
en un contexto determinado y es respuesta, todo el tiempo, a algo. ¿Dónde está ese algo?
Quién sabe. Tal vez, en el fondo de cada relato de vida se encuentran esos algos. Por eso
hay que relatarnos cada tanto. Relatarnos en contexto, relatarnos en solitario, con un
confidente, con un amante, con un amigo, en grupo.
Buscar estructuras que nos sostengan, herramientas que nos apoyen, confianza y valor.
¿Cómo construimos relatos?¿cómo confrontamos nuestras historias?¿cómo reconstruimos
nuestro pasado?¿cómo nos ubicamos en el presente, nos reinterpretamos, nos descubrimos
a nosotros mismos, nos enfrentamos al miedo de ser lo que somos, nos damos cuenta de
nuestros dolores, cómo los nombramos, cómo los expresamos, cómo nos apiadamos de
nosotros mismos, cómo nos ponemos en relación a los demás? Y no sólo estoy hablando del
relato como terapia individual, si no de la reflexión de lo colectivo, de lo común, de la
memoria de una ciudad, de un país, en un espacio social y público como es el teatro.
El teatro como portador de los cuentos que nos contamos en común. La Comunidad, ese
término tan sobado y difuso. ¿A qué comunidad pertenezco?¿De dónde vengo?¿Para qué,
para quién, con quién, encima, abajo de quién construyo lo que soy?

(…) pero lo más importante de la narratividad es que da cuenta de
la historicidad del hombre: el ser consciente de su ser.
Julia Salazar

Necesitamos tiempo, espacio, plumas, papel, escenarios, oídos, agujeros y consultorios. Y
así, con la distancia de la creación, nos podremos ver desde otra perspectiva, crecer en
nosotros mismos, hacia adentro y hacia afuera. No permitirnos crecer perdidos en la
desmemoria.

El teatro que creo que hago:
Si alguien me preguntara qué es el teatro, en este momento respondería:
El teatro es la posibilidad de darle voz y cuerpo a un relato. Es la posibilidad de escribir,
hablar y encarnar otras versiones de la vida. Es la posibilidad de imaginarnos una
escapatoria a la crisis perpetua. Es la posibilidad de reafirmar una certeza y de preguntarnos
sin recibir ninguna respuesta. El teatro nos da la posibilidad de hacer posibles actos de
resistencia del alma y la razón. El teatro es la posibilidad de otro discurso, de salir del
margen y romper las paredes del melodrama impuesto por los medios que, como diría David
Gaitán, nos están dejando ciegos. El teatro también es la mentira, pero puede ser la mentira
que responde con coraje a las mentiras de un sistema injusto, desigual, corrupto, asesino y
siniestro como el mexicano.
Ó, simplemente, el teatro puede ser el cavernícola que está en cartelera 15 años y enfrasca
perfectamente a los hombres y las mujeres en sus confortables roles pasivos.
ó
Ninguna de las anteriores.

 

Luisa Pardo / Coloquio de la izquierda mexicana / 9 de septiembre de 2015 / Centro Cultural Bella Época

*Este texto forma parte de un texto más grande: El relato de este momento o por qué trabajar con niños