Ideas sobre el proyecto CATALINA

HUBIERA SIDO BONITO TENER UNA INFANCIA FELIZ[1]

Quiero mostrar a mis semejantes un hombre en toda la verdad de la naturaleza y ese hombre seré yo (…) He aquí lo que

hice, lo que pensé y lo que fui (…) He dicho la verdad; si hay quien sepa algo contrario a lo que acabo de exponer, no

sabe sino mentiras e imposturas.

Jean-Jacques Rousseau

El conócete a ti mismo del templo de Delfos no es una máxima tan fácil de seguir como yo creía en mis Confesiones.

Jean-Jacques Rousseau

La confesión nace como herramienta de autoconocimiento en la edad media, primero en el ámbito eclesiástico y luego en

el campo jurídico. Fue apropiada por las prácticas médicas y las ciencias humanas del siglo XIX y durante buena parte

del siglo XX, sobre todo, por el psicoanálisis, cómo una técnica privilegiada para producir verdades sobre los sujetos.

La idea se apoya en cierta tradición occidental, que lleva a pensar al ser humano como una criatura dotada de una

profundidad abismal y frondosa, en cuyos oscuros meandros se esconde un bagaje tan enigmático como

inconmensurable: su yo.

Infinitos datos, acontecimientos vividos o fantaseados, personas queridas y olvidadas, sueños deseos inconscientes,

firmes ambiciones, apetitos inconfesables, miedos, afectos, odios, amores, dudas, certezas, penas, alegrías, recuerdos…

En fin todos los sedimentos de la experiencia vivida y de la imaginación de cada uno. Se supone que si fuera posible

conocer todo lo que está cobijado en el núcleo esencial de cada individuo, estaríamos en la posibilidad de descubrir lo

que “es” cada uno de nosotros.

¿Pero qué son exactamente las subjetividades? ¿Cómo y por qué alguien se vuelve lo que es, aquí y ahora? ¿Qué es lo

que nos constituye como sujetos históricos o individuos singulares, pero también como inevitables representantes de

nuestra época, compartiendo un universo y ciertas características idiosincrásicas con nuestros contemporáneos?

Las subjetividades son modos de ser y estar en el mundo, a diferencia de la personalidad, que es sobre todo algo que se

ve: una subjetividad visible. Una forma de ser que se cincela para mostrarse.

Hay que exhibir en la piel la personalidad de cada uno.

Elegir la propia máscara es el primer gesto voluntario humano, y es solitario.

Clarice Lispector

ESPECTÁCULO

La espectacularización de la intimidad se ha vuelto habitual.

En vez de reconocer en la ficción de la pantalla, o de la hoja impresa, un reflejo de nuestra vida real, cada vez más

evaluamos nuestra propia vida según el grado en que satisface las expectativas narrativas creadas por el cine.

Valoramos nuestra propia vida en función de su capacidad de convertirse, de hecho, en una verdadera película.

Las vidas reales contemporáneas son impelidas a estetizarse constantemente, como si estuvieran siempre en la mira de

los fotógrafos paparazzi. Se busca estilizar y ficcionalizar la propia vida como si perteneciera al protagonista de una

película.

Existe una “nueva” sed de visibilidad y celebridad que marca las experiencias subjetivas contemporáneas; y transforma la

realidad en entretenimiento.

A lo largo de la última década, la red mundial de computadoras viene albergando un amplio espectro de prácticas que

podríamos denominar confesionales. Millones de usuarios de todo el planeta –gente “común”- se han apropiado de las

diversas herramientas disponibles on-line y las utilizan para exponer públicamente su intimidad.

En este nuevo contexto, el aspecto corporal asume un valor fundamental: más que un soporte para hospedar un tesoro

interior que debería ser auscultado por medio de complejas prácticas introspectivas, el cuerpo se torna una especie de

objeto de diseño.

Estos rituales tan contemporáneos son manifestaciones de un proceso más amplio, de una atmósfera sociocultural que

los envuelve, que los hace posibles y les concede un sentido.

La red mundial de computadoras se ha convertido en un gran laboratorio, un terreno propicio para experimentar y diseñar

nuestras subjetividades. Un escenario para montar un espectáculo cada vez más estridente: El show del yo.

Los habitantes de estos espacios montan espectáculos de sí mismos para exhibir una intimidad inventada.

Estos relatos están envueltos en un halo autoral que remite, por definición, a una cierta autenticidad e implica una

referencia a alguna verdad, un vínculo con la vida real y con un “yo” que firma narra y vive lo que se cuenta.

La cámara permite documentar la propia vida: registra la vida siendo vivida y la experiencia de verse viviendo.

“Esto no es la vida real” ¿Y cómo es en la vida real? Cada vez más, por lo visto, y lamentablemente como en el cine.

Una de las manifestaciones de esa “sed de veracidad” en la cultura contemporánea es el ansia por consumir chispazos

de intimidad ajena.

Cada vez más hay que aparecer para ser. Porque todo lo que permanezca oculto, fuera del campo de visibilidad corre el

triste riesgo de no ser interceptado por ninguna mirada. Y según las premisas básicas de la sociedad del espectáculo y la

moral de la visibilidad, si nadie ve algo es muy probable que ese algo no exista.

Como bien señaló Guy Debord hace cuatro décadas, el espectáculo se presenta como una enorme afirmación

indiscutible, ya que sus medios son al mismo tiempo sus fines y su justificación es tautológica: “lo que aparece es bueno,

y lo que es bueno aparece”…

“Escribo diarios con el fin de retener mi propia versión de las cosas”

Nan Goldin

NARRACIÓN

Las nuevas narrativas autorreferenciales no parecen enfatizar la función del narrador sino la de su protagonista. Es decir

que el acento recae sobre aquel apreciado personaje que se llama yo.

Personas desconocidas suelen acompañar con fruición el relato minucioso de una vida cualquiera, con todas sus

peripecias registradas por su protagonista mientras van ocurriendo. Día tras día con la inmediatez del tiempo real, los

hechos reales son relatados por un yo real, a través de torrentes de palabras que pueden aparecer en pantallas de todos

los rincones del planeta. A veces estos textos se complementan con fotografías o imágenes de video transmitidas en vivo

y sin interrupción. Es así como se desdobla toda la fascinación de “la vida tal como es”. Y también con demasiada

frecuencia, no deja de exhibirse en primer plano toda la irrelevancia de esa vida real.

Más allá de la cantidad de lectores o espectadores que de hecho logren reclutar, los adeptos de los nuevos recursos de

la web suelen pensar que su “yo” tiene derecho a poseer una audiencia.

Por lo menos en Estados Unidos más de la mitad de los jóvenes colocan sus datos biográficos en Internet sin ninguna

inquietud con respecto a la defensa de la propia privacidad.

El anonimato dejó de ser algo deseable; todo lo contrario, en este escenario la sola posibilidad de pasar desapercibido

puede ser la peor de las pesadillas. El hecho de que los nuevos diarios íntimos se publiquen no es un detalle menor, ya

que el principal objetivo de estas estilizaciones del yo consiste precisamente en conquistar la visibilidad. Se trata de

mostrarse abiertamente, con el fin de constituirse como una subjetividad visible.

La separación entre los ámbitos público y privado de la existencia es una invención histórica, una invención que en otras

culturas no existe o se configura bajo otras formas. Inclusive entre nosotros esta distinción es bastante reciente: la esfera

de la privacidad solo ganó consistencia en la Europa de los siglos XVIII y XIX, como una repercusión del desarrollo de las

sociedades industriales modernas y su modo de vida urbano.

En este “mundo de fiestas en pijama”, la intimidad pierde fatalmente su valor al dejar de definirse por oposición a aquel

otro espacio donde debería regir su contrario: lo no íntimo, el lugar donde ocurren los intercambios con los otros y la

acción pública.

De las webcams a los paparazzi, de los blogs y fotologs a You Tube y MySpace, desde las cámaras de vigilancia hasta

los reality shows y talk shows, la vieja intimidad se transformó en otra cosa. Y ahora está a la vista de todos.

Cada vez más hay que aparecer para ser. Si nadie ve algo es muy probable que ese algo no exista. Siguiendo a Guy

Debord: el espectáculo se presenta como una afirmación indiscutible., ya que sus medios son al mismo tiempo sus fines

y su justificación tautológica: “lo que aparece es bueno, y lo que es bueno aparece”.

Las obras autobiográficas se distinguen de las demás porque establecen un “pacto de lectura” que las consagra como

tales. ¿En qué consiste este pacto? En la creencia de que coinciden las identidades del autor, el narrador y el

protagonista de la historia contada.

Philippe Lejeune

Además del incremento cuantitativo, al efectuar una rápida comparación con lo que ocurría poco tiempo atrás, se

destacan algunas peculiaridades en los relatos biográficos que hoy proliferan. Por un lado, el foco se desvió de las

figuras ilustres: se han abandonado las vidas ejemplares o heroicas que antes atraían la atención de biógrafos y lectores,

para enfocar a la gente común y por otro lado, el ya mencionado desplazamiento hacia la intimidad: una curiosidad

creciente por aquellos ámbitos de la existencia que solían tildarse de manera inequívoca como privados.

¿Qué implica este súbito enaltecimiento de lo pequeño y de lo ordinario, de lo cotidiano y de la gente común?

Mientras la lectura de ficciones literarias decae en todo el planeta, las principales inspiraciones para la creación del yo

parecen manar de otras fuentes.

Los relatos que nos constituyen, esas narraciones que zurcen las historias de nuestras vidas y convergen en la

enunciación del yo, se han distanciado de los códigos literarios que imperaron a lo largo de la era industrial. Nuestras

narrativas vitales fueron abandonando las novelas clásicas para explorar otros espejos identitarios.

Cada mañana recibimos noticias de todo el mundo y, sin embargo, somos pobres en historias sorprendentes. La razón

es que los hechos nos llegan acompañados de explicaciones; en otras palabras: casi nada de lo que ocurre está al

servicio de la narrativa, y casi todo está al servicio de la información.

Walter Benjamín

Guy Debord vaticinó en 1967 que el arte de la conversación había muerto y que pronto fenecerían todos sus practicantes

por que el espectáculo era lo opuesto al diálogo.

Más que un conjunto de imágenes, el espectáculo se transformó en nuestro modo de vida y nuestra visión del mundo, en

la forma en que nos relacionamos unos con otros e incluso la manera como se organiza el universo. Todo está

impregnado por el espectáculo sin dejar prácticamente nada afuera.

Con respecto a los diálogos tipeados en los diversos Messengers con atención fluctuante y ritmo espasmódico, ¿en qué

medida renuevan, resucitan o aniquilan las viejas artes de la conversación?

Si la experiencia tradicional del narrador era un acontecimiento colectivo por definición, tanto la lectura como la escritura

de la era burguesa convocan a un individuo solitario. Tiempo después los medios audiovisuales basados en el

broadcasting (siglo XX), reforzaron ese movimiento tendiente al encierro en el ámbito privado, aunque sin solicitar aquel

“monólogo interior” característico de la lectura.

Ahora, con los nuevos medios que no solo son electrónicos, sino también digitales e interactivos- y que abandonan el

sistema clásico de un emisor para muchos receptores- esa doble tendencia parece profundizarse: cada vez más

privatización individual, aunque cada vez menos refugio en la propia interioridad.

La información “solo tiene valor cuando es nueva”, recuerda benjamín. Por eso sólo vive en ese momento, precisa

enteramente de él y sin perdida de tiempo tiene que explicarse en él”. Nada más cercano a la descripción de cada uno de

los breves post de un blog.

Cuando el arte no puede tener una visión totalizadora de las cosas, recurre a lo parcial.

Ernst Fischer

ARTISTAS

Plinio el viejo expone en su libro “Naturalis Historia” una clara concepción del artista en la antigüedad. En el siglo V a. C.,

dos pintores griegos se enredaron en una disputa, a fin de determinar cuál era el mejor en su actividad. Uno de ellos

dibujó unos racimos de uvas con tal grado de realismo que logró engañar a los pájaros; atraídas por la pintura, las aves

intentaron picotear las frutas dibujadas. Creyéndose vencedor, el autor de semejante proeza pidió al otro artista que

retirase el velo que cubría su propia obra; pero éste había dibujado un cuadro cubierto con una cortina, precisamente, y

así consiguió engañar a su colega. Copiar la realidad de la forma más fiel posible y, de ese modo, traicionar a los

sentidos: ésa era la función del artista en la antigüedad.

El artista se definía por su capacidad de producción y no por su distinción de poseer una subjetividad especial. Hoy el

artista no se define como alguien que hace, sino como alguien que es. Se valora cada vez más la personalidad de quien

habla en desmérito de lo que se dice.

Hoy las ganas de ser actor están por encima de las ganas de actuar.

Así gracias a la insistencia del arsenal mediático, con su capacidad de fabricar celebridades y satisfacer la sed de vidas

reales del público, se estaría desplazando hacia la figura del artista aquella vieja aura que Walter Benjamín examinara

como un atributo inherente a toda obra de arte.

“Lo importante es la idea no su ejecución”

Damián Hirst

Si la paradoja del realismo clásico consistía en inventar ficciones que pareciesen realidades, manipulando todos los

recursos de verosimilitud imaginables, hoy asistimos a otra versión de ese aparente contrasentido: una voluntad de

inventar realidades que parezcan ficciones.

Espectacularizar el yo consiste precisamente en eso: transformar nuestras personalidades y vidas privadas en realidades

ficcionalizadas con recursos mediáticos

Las nuevas estéticas realistas atestiguan esa necesidad de introducir efectos de lo real en nuestros relatos vitales,

recursos narrativos más adecuados

En Internet es inaudito el aumento de contenido producido por los usuarios. Con lo cual la relación piramidal entre

productor y receptor se modifica sustancialmente.

Las nuevas estéticas realistas atestigua esa necesidad de introducir efectos de lo real en nuestros relatos vitales,

recursos narrativos más adecuados para el nuevo cuadro de saturación mediática en que estamos inmersos.

Hay una obsesión por un nivel epidérmico de lo verdadero por más trivial que sea.

¿Cómo explicar ese desinterés por la ficción en el mundo actual, a la par de esa intensa curiosidad por la vida real y

ordinaria de quien quiera que sea? Se privilegia a lo común sobre lo profesional.

El novelista argentino Juan Forn dice: la ficción fue perdiendo efecto sobre el lector, entre otras cosas porque la

recreación del mundo que proponen las novelas queda opacada por el flujo global de información que existe hoy.

Ya no se le pide más a la ficción que recurra a lo real para ganar verosimilitud y consistencia, es a lo real a lo que se le

somete a un proceso de ficcionalización.

A VECES PENSAMOS

Ante esta serie de desplazamientos: ¿Dónde se sitúa el teatro? ¿De qué vamos a hablar? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde y

pa qué?

No queremos considerar la obra cómo fin último, no queremos que hable por si sola.

Creemos que el teatro puede producir formas nuevas de afirmación de la personalidad y de valor de la existencia.

Hoy la visibilidad legitima. No estamos pensando en llenar el teatro.

Como dijo Virginia Wolf, aunque sea desagradable que las puertas se cierren y lo dejen a uno afuera, quizás sea peor

aún estar encerrado adentro.

[1]  En su inmensa mayoría son textos de Paula Sibila, tomados de su libro: “La intimidad como espectáculo”,

desordenados por Gabino Rodríguez y Lagartijas tiradas al sol.