El taller Yivi y el 2025

Sobre el taller de teatro Yivi he escrito muchas cosas: bitácoras, reflexiones, anécdotas felices y tristes; momentos que me han asombrado profundamente. Pero siento que pocas veces he logrado expresar la convicción con la que lo impulsé. La convicción (vinculada absolutamente con la búsqueda del colectivo Lagartijas Tiradas al Sol, que empezamos en 2003), de que un proceso creativo es vehículo para cuestionar y conocer el mundo, para indagar en nuestras vidas y, a la par, que los procesos educativos donde se implica la creación artística-escénica son catalizadores de entendimiento profundo e integral.

Esa convicción me condujo a trabajar con niñas y niños en la Mixteca Alta, con la esperanza de que el teatro fuera para ellas lo mismo que ha sido para mí… ¿Cómo decirlo sin que suene a lugar común? No sé. Lo que sí entiendo es que para mí era importante hacerlo de manera gratuita y accesible para que el dinero no fuera un impedimento.

Yivi comenzó porque quise, nadie me pidió llegar aquí. Fue un proyecto que tomó su lugar poco a poco en una zona rural donde no hay teatros, donde los pocos espacios teatrales que han existido hoy son bodegas o ruinas. Aquí muchas personas no saben qué es el teatro y pueden llegar a entenderlo solo a través de la referencia de la actuación para las pantallas: la tele, el cine y las plataformas digitales. O de los festivales en la primaria, las representaciones de Semana Santa y las pastorales de fin de año.

¿Qué es enseñar teatro como el que yo hago en este contexto? Puede significar absolutamente nada, porque en realidad a pocas personas les interesa (por demasiadas razones). Eso hizo cuestionarme en varias ocasiones si todo ese esfuerzo valía la pena… ¿Para qué, para quién? Al final la respuesta parecía obvia. Compartir herramientas de lo escénico y crear teatro aquí puede ser un aliciente para entender el mundo, organizarlo y hacerse algunas preguntas: ¿Esto podría ser distinto? ¿Puedo cambiar mi perspectiva? ¿Quién soy, quién quiero ser, quién podría ser? ¿Puedo cambiar mi vida? Y si en algunos momentos de decepción me volvía a cuestionar de qué sirve todo esto, entonces reaparecía inocentemente el ideal al que nos conduce la frase las cosas son lo que son pero también podrían ser de otra manera.

Lo que sostuvo el taller de teatro Yivi fueron no solo nuestro trabajo y recursos económicos (los de Pedro Pizarro, los míos, los de Lagartijas Tiradas al Sol) y la voluntad de colegas, instituciones, familia y amigas que se sumaron de muy diversas formas; sino también el aprendizaje y la alegría que me provocaba ser testigo de los hallazgos, el crecimiento, el talento y la potencia de las historias de las niñas y niños que pasaron por nuestro espacio.

Este taller me permitió conocer el pueblo de Santo Domingo Yanhuitlán y muchas otras comunidades con las que ya tengo un vínculo irrenunciable; conocí a algunas de sus familias, su generosidad, sus capas de historia, su organización política, su manera de cuidar la tierra, las fiestas, la capacidad de agruparse y enfrentar la desgracia, el éxodo que vació este territorio durante décadas y engrosó suburbios de la ciudad de México, Veracruz, Oaxaca, Los Ángeles y otras ciudades y campos en Estados Unidos. Yivi me permitió mirar más de cerca una parte de la estructura social que domina México, sus desigualdades y violencias, normalizadas e invisibles. Yivi también se convirtió en un frágil puente entre realidades que aparentan estar destinadas a ser ajenas entre sí.

No voy a hablar del reto que significó ser maestra aquí y las lecciones que recibí en ese sentido. Tampoco voy a hablar de la ficción, el documento, ni de los recursos lúdicos o del entrenamiento físico y vocal. Del intento de que todo fuera ecológico. Ni de cómo siempre buscamos darle la vuelta a lo folclórico. De la durísima cotidianidad que se vive en algunos hogares y de cómo eso determinó si las niñas y niños podían seguir en el taller. Tampoco voy a hablar del desconcierto que me produjo la indiferencia ante algunas de nuestras actividades. No voy a hablar de los viajes, funciones y filmaciones que nos emocionaron mucho. Ni de las clases de animación y técnicas audiovisuales, de creación de objetos, de textos, ni de otros muchos procesos creativos que nos llevaron a construir personajes y mundos fantásticos donde las niñas y los niños eran el centro, el motor; y su encuentro disciplinar, su formación y alegría, nuestros objetivos. No hablaré del cariño que le tengo a esas niñas y niños que pasaron por el taller. Ni de lo mucho que me enseñaron. Creo que todo eso se vislumbra en aquellos otros textos que ya escribí.

Han sido 9 años intensos y confrontadores. Solo me queda agradecer a las personas que confiaron en mí y apoyaron los procesos con su trabajo, ideas y donaciones. Agradecer a quienes me animaron cuando estaba en la oscuridad del sinsentido, a quienes me han acompañado en experiencias insólitas y quizá absurdas en estas montañas. A las mamás, a las niñas y los niños que estuvieron en el salón Yivi investigándose a sí mismas.

Pasaron muchas cosas, algunas demasiado buenas y otras demasiado tristes. El año pasado decidí suspender las clases de teatro y actuación y buscar la manera de que el proyecto se transforme en lo que ahora tenga que ser. Por ahora, Yivi continúa con pintura mural al fresco, con un nuevo taller de litografía, con un proyecto documental sobre una familia de Yucudahuico. Yivi seguirá acompañando a este territorio, cerramos una etapa y el futuro es incierto, pero me genera felicidad pensar que el taller de teatro sí sucedió, aunque ya todo parezca un sueño.

Muchas gracias a todas ustedes,
pero especialmente, por todos estos años,
a Pedro y Lázaro, a Toztli, Esthel, Chantal y Marcela,
a Eduardo Pizarro y a Paulina Parlange.

Luisa Pardo, Yuxaxino, Oaxaca, 19 enero 2025.